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¡Te condeno!

En el silencio de una iglesia estaba Leonor y su oración en voz alta se escuchaba, ella decía: Gracias porque yo no soy tan grosera como Blanca, ni tan envidiosa como Lupita, ni tan vanidosa como Perla, ni tan deudora como María, ni tan chismosa como Yuri, ni tan amargada como Diana, ni tan religiosa como Sara, ni tan volada como Josefina, ni tan inmadura como Fernanda, ni tan pecadora como Daniela, gracias porque yo sí puedo decir que vivo mi vida en paz, porque yo sí soy digna de tu amor. Sólo te pido que hagas venganza con Mario, no pido mucho pero dale su merecido al desgraciado, que tu juicio caiga sobre él y lo mate. Amén.

A Dios no podemos engañarlo, El conoce nuestro corazón, y conoce todo lo que pensamos, decimos y el porqué lo hacemos. El es el único que puede ver lo que otros no ven. En la Biblia hay una historia que encuentras en Juan 8:1-7, donde se relata la historia de una mujer que iba a ser apedreada, cuando interviene Jesús y dice: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, y así fué, empezaron a arrojar las piedras pero para otro lado, porque obviamente nadie era perfecto para condenar así a esa mujer.

Entonces si nadie somos perfectos, ¿porque nos sentimos tan hábiles para condenar a otros? Agarramos la piedra muy dignos y estamos listos para matar. Piedras de chisme, piedras de rencor, piedras de odio, piedras que destruyen corazones.

Cuando la mujer escuchó esas palabras de perdón, se sintió protegida, probablemente suspiró, su corazón empezó a tomar un ritmo menos alterado, sus lágrimas se cortaron, su cara de asombro la hizo buscar a ese hombre que sí tenía la capacidad de aventar la primer piedra porque sí era perfecto, pero en vez de traerle la muerte, le estaba devolviendo la vida.

Estoy segura que en algún punto de tu vida llegarán esas personas que te juzgarán olvidando que quizá han actuado igual que tu o peor. Te juzgarán sin piedad, y te condenarán con ganas de que mueras. Vienen en diferentes tamaños y colores, de diferentes creencias y lo pueden hacer por diferentes razones, por ejemplo: porque te envidian, porque tienes favor en lo que haces y te celan, porque les caes mal por nada y por todo, y porque sencillamente no han tenido un encuentro con el dador de la vida. ¿Qué haces cuando te encuentras con una persona así? ¿Qué haces cuando te enteras lo que dijeron de ti? En resumen se pueden hacer 2 cosas: 1. Perdonar 2. No perdonar.
Cuando no perdonas, te conviertes en quien carga la piedra, te vuelves el acusador de tu acusador. Una persona que lastima a otra es una persona herida (Joyce Meyer) una persona sana de su interior no puede dañar a otra. La persona que te está condenando probablemente fue condenada antes, pero en su oportunidad de perdonar no lo hizo, guardo el rencor hasta que se volvió una piedra y entonces se convirtió en tu acusador y en el de muchos más. Puedes perdonar y romper el ciclo o puedes guardar rencor y convertirte en el acusador de alguien más.

Pero piensa esto: ¿Quién es el que te acusa de tu pasado? ¿Quién es el que realmente quiere que tu corazón guarde rencor? ¿A quién le beneficia que tú vivas en odio y en falta de perdón?

No permitamos que se nos olvide que un día Jesús intervino para salvarnos. Y te tengo una noticia EL SIGUE INTERVINIENDO. Es más fácil caer ante Dios y entregarle todo, que andar cargando una piedra que ni siquiera es tuya. Ora a Dios y pídele perdón por haber acusado a otros, perdona de verdad y avanza. Y ora también por tus enemigos, en vez de pedir por venganza pide que sane su corazón, recuerda que tiene que estar herido para provocar dolor a otros. No te preocupes por lo demás, Dios siempre tiene todo en sus manos, y te cubre como un escudo, el cuida tu camino. Se fiel, obedécele, entrégale tu corazón y conviértete en un canal de bendiciones para los que te rodean.

No merecíamos ser perdonados y lavados de nuestros pecados, no merecíamos una vida eterna, fue por amor y por su gracia. <La gracia es más que un principio, que una idea, que una doctrina o dogma, que una tapadera para el pecado. La gracia es una persona. Y su nombre es Jesús.> (Judah Smith)

36 Tú me cubres con el escudo de tu *salvación;
tu bondad me ha hecho prosperar.
37 Me has despejado el camino;
por eso mis tobillos no flaquean.
(2 Samuel 22:36-37)

 

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