Espiritual·Vida Cristiana

¿Dónde estás Dios?

-¿Dónde estás Dios cuando te necesito? ¿No me ves que estoy sufriendo? ¿Por qué me pasa esto a mi? ¿Por qué te quedas en silencio? ¿Por qué te escondes? ¿Por qué me has dejado solo?

¿Te has hecho esas preguntas? Porque yo sí. Y esperas que Dios te responda… Pero nunca esperarías esta respuesta:

-Más bien ¿dónde estuviste tu cuando te estuve esperando en tu habitación? ¿O cuando estaba dando una palabra para ti en la predicación? ¿Y que me dices de todas las decisiones de las que me has sacado y has tomado tu solo? ¿qué yo te deje solo? tienes tantas ocupaciones y pendientes que ni siquiera recuerdas como se siente que yo camine a tu lado. ¿En silencio? Si bajaras el ruido de lo que te rodea, te darías cuenta que te sigo llamando por tu nombre.

Esa respuesta no era la esperada, pero no te quedaría mucha opción más que ser honesto…

-Es cierto ¿dónde estuve yo cuando debía estar orando? ¿con quién platicaba mientras Dios hablaba? ¿Me hice experto en oraciones de auxilio, donde pedía urgente su intervención porque no dediqué tiempo para pedir dirección? Con semejante Dios y sentirme solo, ¿quién me hizo creer que eso existía? ¿Cuándo deje que mis ganas por leer la Biblia se fueran? A lo que tu mismo te respondes: el día que permití que se fueran mis ganas por escuchar su voz.

No sabes como, no te das cuenta cuando fue que tu condición espiritual cambió, preguntamos a Dios en tono de exigirle respuestas, pero cuando El responde no queda mucho más que sentirnos pequeñitos, de esas veces que no tienes para donde hacerte, pero ahí en esa oración de honestidad delante del Rey, en esa conversación puedes escuchar en tu corazón algo así:

-estás asegurado, tú tendrías que llegar a este punto donde volverías tu mirada a mí, porque tú eres mío, y cuando eso sucediera yo estaría listo para abrazarte, pues nunca me fui.

Yo no sé si tu te has ido lejos de Dios o estás pensando hacerlo, pero sé que a todos nos llega la hora que tenemos que dejar de correr. El sigue estando ahí para ti, como lo estuvo para mi. Una vez que has sido abrazado por su gracia y perdón, tú amor por El jamás vuelve a ser el de antes, jamás. Es tanto tu agradecimiento y comprendes de tal manera lo que El hace por ti, que lo amas con un amor verdadero, ese que no se va con nada ni por nadie, ese que te hace querer estar a su lado todo el tiempo, ese que sientes que tu corazón palpita cada vez más rápido. Te lo aseguro, tú amor por El cambia, y se cumple su palabra que al que mucho se le perdona mucho ama.

Tú no me saludaste con un beso. Ella, en cambio, desde que llegué a tu casa no ha dejado de besarme los pies. Tú no me pusiste aceite sobre la cabeza. Ella, en cambio, me ha perfumado los pies. Me ama mucho porque sabe que sus muchos pecados ya están perdonados. En cambio, al que se le perdonan pocos pecados, ama poco.

(Lucas 7:45-47)

 

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