Reflexión

Conéctate

El malvado culpa a Dios, el religioso al diablo, el necio a los demás, pero solo el Espíritu recto asume con humildad la consecuencia de sus decisiones.(Thelma Constant.)

 Las consecuencias son el fruto de lo que sembramos y los frutos demuestran nuestras conexiones, la Biblia lo expresa diciendo: de la abundancia del corazón habla la boca.(Mateo 12:34)

 Podemos culpar, engañar, sobornar, fingir, pero esto es una ley: lo que siembras, cosechas. Pero ¿cómo podemos cambiar lo que estamos sembrando? no podemos dar algo que no tenemos, necesitamos ser renovados.

Y no vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto. (Romanos 12:2)

Constantemente se nos invita a estar conectados con Dios, pero ¿cómo? No somos máquinas que conectamos por medio de cables.

Conectamos con Dios por medio de nuestros sentidos, cuando nuestros sentidos los tenemos ocupados (en personas, actividades, en satisfacernos a nosotros mismos) no podemos escuchar la voluntad de Dios. Y al no conocer su voluntad, seguimos sembrando cosas que no nos traen ningún beneficio.

  1. Conecta tus ojos a Dios. Lee su palabra, propón en tu corazón leer la Biblia todos los días. Cuida lo que ves en tv, en cine, en tu computadora.
  2. Conecta tus oídos a Dios. Cuídate de las personas que todo el tiempo hablan chismes, cosas negativas, son quejumbrosas, o mentirosas, el escuchar todo el tiempo a una persona así te provoca a actuar igual, o bien puede ser desgastante física y emocionalmente. Somos seres creados para adorar y por medio de la música podemos entrar a la presencia de Dios o salir de ella, dedica tus oídos a Dios si quieres poder escucharlo con claridad.
  3. Conecta tu boca a Dios. Habla cosas que bendigan a otros, evita lastimar, si lo que vas a decir no ayuda mejor guarda silencio. El controlar nuestra lengua es uno de los retos más grandes que nos enfrentamos, y sólo con el Espíritu Santo en nuestra vida podemos dominarla, no hagamos de la nada un gran fuego.
  4. Conecta tus manos a Dios. Úsalas para ayudar a levantar al caído y no para señalar a los débiles, úsalas para adorar a Dios, levanta tus brazos en símbolo de rendición a Él. Muchas veces nos presentamos a Dios con manos vacías, úsalas para traer tu ofrenda y tu diezmo, no dejes que se te ensucien por tomar lo que no es tuyo.
  5. Conecta tu olfato a Dios. Cuando estamos conectados a Dios podemos identificar las cosas que producen olor a muerte o un olor a vida (esto obviamente es espiritual). Una persona que no tiene comunión con Dios no le molesta estar en ambientes que huelen a pecado. La Biblia dice en 2 de Corintios 2:15- 17

 Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo.

Es por medio de nuestros sentidos que incluso guardamos nuestro corazón, no lo exponemos a dañarlo porque estamos conectados a Dios. Queremos conocer la voluntad de Dios pero no sabemos como, no lo escuchamos, no lo sentimos, no tenemos idea para donde ir, si tu deseo es obedecer a Dios, entonces desconéctate a lo que tu sabes que no te hace ningún bien, haz el esfuerzo por mantenerte pegado a Dios. El mantenerte en la conexión adecuada te evitará problemas innecesarios, y te dejara frutos para tu beneficio.

A veces creemos que Dios habla de maneras muy místicas y sólo a algunos, pero todos podemos tener una comunión con Dios, si tenemos sentidos es para usarlos y para usarlos bien, pero tenemos los conductos llenos de basura, y cuando Dios quiere hablarnos no logramos escuchar su voz, es necesario limpiarnos de todo lo que nos impide tener una relación con Dios, y para eso debemos arrepentirnos de todo lo que hemos hecho que no honra a Dios, a nuestro cuerpo y a nuestros semejantes.

Asumamos con humildad nuestras consecuencias (nuestros frutos), si no nos está gustando lo que estamos cosechando tenemos que cambiar lo que estamos sembrando.

 

 

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