Diario de Dalila · mujeres

El diario de Dalila (Parte 1)

Mi Infancia…

Me senté a comer y observé que mi prima tenía una muñeca (pero una real). Digo real por que todas jugábamos con palos envueltos en cobijas diciendo que eran nuestros hijos, algunas otras como yo usábamos trapos y a esas cosas raras les poníamos nombres de personas. Mi plato se enfrió, pasaba saliva pero no era por mi comida, era lo mucho que se me antojaba tocarle el pelo brilloso, mi mano se estiró queriendo tocarla, solo tocarla, y mi prima la hizo para atrás diciendo que mis manos tenían mugre y que debía primero merecer jugar con la muñeca.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, como si hubieran apretado un botón, me dio mucha vergüenza y vi mis manos(que si estaban muy sucias) y me limpié discretamente los chorros de lágrimas, mi cara quedó chorreada, la mugre de mis manos quedaron ahora en mis cachetes. Mis mejillas se sentían “jaladas” como si mi piel estuviera estirada. Fue ahí la última cosa que se me antojó y que no tuve.

Con orgullo lo digo. Por qué si a alguien se le antojaban las cosas era a mi, así decía mi abuela, yo quería la ropita de las niñas, los juguetes, todo. Siempre mendigaba y hacia cosas para que me prestaran sus juguetes, una vez me llene de piojos por juntarme con una niña  con quien nadie se quería juntar, a mi no me importaba llenarme de bichos solo quería disfrutar esos nuevos juguetes.

Pero a mis 5 años y con las manos y la cara embarrada de mugre, me limpié  y fue como si dentro de mi se escuchara un “basta”. Mi prima que estaba sentada frente a mi, se reía con una sonrisa maligna mientras me veía llorar, los adultos de mi familia discutían acerca de un vecino, nadie me volteaba a ver.

Me subí a la mesa, pisé los panes que había hecho mi abuela y parada sobre la mesa arrebaté la muñeca y la metí en la sopa. Mi prima comenzó a llorar, todos me gritaron, la sonrisa malvada ahora la di yo. La Dalila dulce ese día se murió. Me pegaron muy fuerte, ver que el pelo de la muñeca había quedado tieso me decía que valía la pena.

¿Qué me dijeron mis papás? Mis papás no estaban cuando pasó, ni cuando me bajó, ni cuando me rompieron el corazón, ni cuando necesité un abrazo. Y la abuela ¡pobre! ella estaba harta de tantos niños y vocecillas felices gritando por todos lados. ¡Harta mi viejita, ahora la entiendo!

Después de eso, nadie se metía conmigo, me prestaban sus juguetes (mi prima incluida) comencé a ser la reinita, obligaba algunas niñas a que así me dijeran. Me gustaba jugar a pedir cosas y que dijeran: ¿qué quiere la reina?

Así quitaba sandalias, vestidos nuevos, muñecas, de todo. Mi vida empezó a ser más fácil. Descubrí el secreto: pisa lo que se te atraviese, úsalos para subir más alto.

 

Mi primer regla…

Me empecé a desarrollar antes que las demás, los niños me veían a mí. Me gustó ser el centro de atención, descubrí poderes que me trajo la primer menstruación, partes de mi cuerpo comenzaron a crecer, mientras mis amigas se quejaban por tener que vivir con esto, yo veía un potencial increíble. Yo comprendí que lo que todos ven como problema puede ser mi mejor arma para tener lo que deseaba.

Descubrí que los hombres querían tener historias para contar, querían tocar y después decir que lo hicieron, me daba cuenta cuando mis amigas les permitían tocarlas, ellos inventaban de más. A ellas les importaba mucho eso, era un problema. Pero donde todas veían problema… podía ser mi mejor arma. Comencé a cobrar para que pudieran decir que habían hecho cosas conmigo, no me podían tocar pero podían inventar lo que quisieran. Ellos tenían su fama, yo tenía dinero, la reputación nunca fue mi amiga. Las envidiosas se encargaban de inventar historias de mí, pero a mi no me interesaba, yo pensaba en llegar a casa y darle de comer a mi abuela, que aunque me puso mis buenas nalgadas y era las más enojona de todas, nunca me dejo sin casa.

Maduré antes…

A veces, escuchaba las platicas de mis compañeros, tonterías a más no poder, me parecían niñerías, no sabía que a eso se le llamaba: madurez.

Yo maduré antes, mi casa, mi ambiente, la pobreza con la que crecí, me hizo desde pequeña estar más “viva” que los demás. Yo trabajaba a todas horas, pero mi salario no alcanzaba.

Los años pasaron, dejé de ser la puberta y me convertí en mujer. Fue en esta época cuando conocí a una de mis mejores amigas, se veía de mi misma condición económica, jamás sentí una mirada altanera o un comentario que me ofendiera. El día de su cumpleaños le hice una pulsera, le dio tanto gusto que me abrazó y eso se sintió raro por que yo no estaba acostumbrada a eso. Me invitó a comer a su casa y ahí lo conocí…

 

El amor de mi vida…

 

Continuará…

Si gustas leer el siguiente capitulo:

https://jayorozco.com/2017/03/27/el-diario-de-dalila-parte-2/

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