ENCUENTROS CON JESUS·mujeres

La esposa de un fariseo

Mi nombre no tenía importancia, cuando se referían a mi, me llamaban “la esposa de un fariseo”.

Me casé siendo muy joven, aprendí amar a mi esposo, no puedo decir que fue mi primer amor, en realidad en mi cultura se trataba de todo menos de amor.

No era malo, un poco amargado quizá, por su religión, que se supone también era la mía, pero en mi corazón yo no creía en ningún ser sobrenatural, y no por que no existiera, sin dudarlo existía, pero estaba segura que no tenía nada que ver con tanto ritual y engaño.

No siempre pensé así, de niña aprendí todas las historias de mi pueblo y del gran Yo Soy, obedecí todo lo que en la ley se decía, y hasta me consideraron bendecida por casarme con un hombre religioso.

Fue ahí, ya casada que odie la religión. Mi esposo se afanó hasta lograr lo que quería y pertenecer a ese circulo de hombres “sabelotodos”.

No soportaba sus reuniones, mi vida eran solo apariencias, pero no me hacía falta económicamente nada, dejé de hablar con mi esposo a medida que se sentía superior a mi, ya no podía dar un comentario por que todo era pecado, era muy complicado, ser una mujer fiel a la ley era imposible.

Un día fallé, no me purifiqué como debía, y vi la cara del hombre que con otros parecía llena de calma transformada en un demonio, me gritó, me juzgó y me borró de la lista del cielo. Me llamó por tantos sobrenombres que no puedo recordarlos, me sentí golpeada, no me tocó físicamente me tocó el alma y hasta lo más profundo. Dejó de verme, dejó de hablarme, dejó de tener relaciones sexuales conmigo. Yo pensé que en verdad era un santo, comencé a ser su sirvienta más que su esposa, me humillaba, me tenía encerrada, no podía hablar con nadie. Me amenazaba con cosas que ahora veo tan incoherentes, me decía que era mejor que no hablara para que una mujer tan falta de entendimiento como yo no pecara. Así que me alejé de todos, me aislé.

Pero una noche, me sentía muy mal, algo que comí no me había hecho bien, lo esperé pero no llegó así que fui a casa de mi hermana, su esposo había salido de viaje y estaba sola, en mi inocencia pensé que ella me podría ayudar, pero al entrar vi a mi “santo” esposo engañándome con ella. El malestar se me quitó por que vomité ahí mismo, no supo como mi esposo se levantó y como un relámpago ya íbamos rumbo a casa. Su mirada me prohibió hablar, me dejó tan sorprendida, tanta religiosidad, me dijo que el futuro y reputación estaba en mis manos, que era probable que la gente me tachara de loca y que nadie me iba a creer. Después de eso dejé de ser su sirvienta, por fuera aparentábamos paz, pero en casa el sabía que no tenía ninguna autoridad. De verdad que yo quería gritar lo que me había hecho pero no podía, no tenía fuerzas, tenía mucho miedo.

Me comenzó a dar pena, cada vez lo veía más acabado, su grupo religioso, sus colegas se veían tan desencajados como él, resulta que un hombre les estaba arruinando la vida.

Tiempo después mientras realizaba algunas cosas fuera de casa, escuché un sermón de un tal Jesús de Nazaret, mientras yo cada día dejaba de creer en la religión, este hombre se atravesó, en su mirada vi perdón y en sus palabras sanidad, recibí aliento con solo escucharlo.

Cuando mi esposo llegó a casa lo había ya perdonado, no supe como pasó. Por supuesto que me noto diferente y preguntó que había pasado, le conté de Jesús, se agarró el pelo y gritó, me dijo que si había caído en sus mentiras. Pero nada me importó, la paz que yo había recibido nadie me la podía quitar. Ya no había dolor en mi corazón, yo sólo quería conocer más del reino de Dios.

El martes pasado llegó mi esposo muy feliz, me dijo que al fin habían encontrado la forma de que la gente supiera quien era ese charlatán.

                    Como vivimos juzgamos, no por que tu seas un mentiroso quiere decir que Jesús de Nazaret sea igual– le dije. Se quedó trabado del coraje y se fue a dormir.

A la mañana siguiente me despertó una revolución de gritos y de mujeres llorando, salí, habían encontrado a un hombre y una mujer adulterando, pero solo habían tomado a la mujer, la llevaban arrastrando, ¿adulterando? ¿qué no se necesitan dos para eso? ¿dónde estaba el tipo? ¿hasta cuando la mujer tendrá valor en esta nación? -Todo eso me preguntaba en medio de todo el relajo.

Me fui siguiéndolos y no lo podía creer, mi esposo el “santo” tenía una piedra en sus manos y estaba listo para apedrearla, pensaba dentro de mí ¿cómo te atreves asqueroso? tú hiciste lo mismo. Comencé a orar por justicia, me di cuenta que ahí estaba Jesús, quise ir pero la gente no me dejaba, escuché decir

                    Maestro —le dijeron a Jesús—, esta mujer fue sorprendida en el acto de adulterio. La ley de Moisés manda apedrearla; ¿tú qué dices?

Comprendí que por eso mi esposo estaba tan feliz, habían formado una trampa para destruir a Jesús, quise advertirle pero no fue necesario.

Jesús les dijo: ¡Muy bien, pero el que nunca haya pecado que tire la primera piedra!. Luego volvió a inclinarse y siguió escribiendo en el polvo.

Al oír eso, los acusadores se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los de más edad, hasta que quedaron solo Jesús y la mujer en medio de la multitud.

No fue necesario que yo descubriera a mi esposo, todo pecado quedó descubierto, no estuvo libre de pecado, y todo el pueblo fue testigo.

Cuando estuvo en casa solo le dije: hoy lo comprobé, verdaderamente Jesús de Nazaret es el hijo de Dios. Mi marido cambió su mirada altanera con la que siempre me veía, no pudo sostenerla, la bajó, pasó saliva y se dio la vuelta.

Sin una campaña política, ni palabras hipócritas, sin un sermón, en un acto, el que llaman revolucionario, maestro, loco, le regresó el valor a la vida de una mujer que por años la nación le había quitado.

Un encuentro me cambió. Me topé con Jesús de Nazaret ¡Ahora ya no me llaman la esposa de un fariseo, ahora me nombran seguidora de Cristo!

 

 

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