ENCUENTROS CON JESUS

La mujer dichosa

Mi mamá siempre me decía “tú eres diferente”, seguido de “eres valiente, eres pura, eres noble, eres honesta”, cada noche lo escuchaba cuando me arropaba para dormir, llegó el punto que no necesitaba decírmelo, en cuanto la veía venir a mi cama yo decía “soy diferente, soy valiente, soy pura, soy noble, soy honesta”, no me dejaba decirlo rápido, me decía que cada una de esas declaraciones tenían mucho poder.

Años más tarde en mi interior me tenía que recordar cada una de esas palabras mientras la gente decía una sarta de mentiras de mí. ¿Te ha pasado que las personas te juzgan? Yo sé bien lo que se siente que te señalen, que te apunten, que te digan mentirosa, que te ofendan, que te denigren. Todo empezó cuando mi embarazo fue muy diferente a las demás.

Por las noches, cuando el ruido ya no estaba, se derramaban algunas lágrimas por mis mejillas. Las cosas no eran fáciles y parecía que cada vez se ponían un poco más complicadas, estando casi para dar a luz, tuvimos que realizar un largo viaje. Comencé a tener las contracciones lejos de casa, todo estaba lleno, o muy caro, solo hubo disponible un lugar muy humilde, que para mi fue lo de menos, yo solo quería conocer a mi hijo.

Entonces fue mi encuentro con él. Era tan indefenso, yo no tenía más que unos pedazos de tela, así que lo envolví en ellas, sus pequeñas manitas, sus piecitos, la creación perfecta, cuando sus ojos me vieron, su mirada clavada en la mía, me pareció una mirada profunda que me sorprendió y en medio de mi debilidad física me reconfortó.

Mi madre decía que yo era diferente, yo sabía que cada mamá veía a sus hijos así, pero al ver la mirada de mi hijo, lo supe, sería diferente, sería valiente, sería puro, sería noble, sería honesto. Lo visitaban diciendo maravillas, yo guardaba todo lo que decían en mi corazón.

Pasaron ocho días y lo circuncidamos, ese día también recibió su nombre: Jesús. Llegamos al templo como la ley nos indicaba y ahí nos recibió un hombre llamado Simeón, diciendo cosas asombrosas, después se dirigió directamente a mi y lo que me dijo fue totalmente verídico, en ese momento no lo comprendí. Treinta y tres años después, la palabra que me dio se volvería realidad.

En pequeñas cosas que mi hijo hacía, podíamos ver, su padre y yo el favor de Dios en su vida. Donde él estaba su vida impactaba, y como bien me lo dijeron, algunos se alegraban con lo que decía, pero muchos otros se oponían.

De las cosas más terribles que llegué a vivir con él fue el día que no lo encontrábamos. Como madre no creo que haya peor cosa que perder a un hijo y cuando menos pensamos ya no estaba, tenía doce años, pasaron tres largos días, hasta que dimos con él. Le llamé la atención y lo comprendió, no sin antes cuestionarme el por que de mi preocupación, afirmándome que estaba en negocios de Dios, solo era un adolescente, su forma de hablar, de actuar, de mirar, mi hijo era diferente.

Mi pequeño creció y la dicha de tenerlo también. En casa muchas cosas no eran normales, pasaban cosas extrañamente divertidas, vivir con él, era un milagro diario.

Para mí era normal verlo desenvolverse en una vida sobrenatural, recuerdo que en varias ocasiones lo metí en aprietos como toda buena madre. Una vez, estábamos en una boda, todavía faltaba mucho para que terminara y ya no había vino, así que fui y le dije. Yo sabía quien era mi hijo y sabía lo que él podía hacer. Vivir un día con él, era divertido, alegre, sorprendente. Solo puedo decirte, nunca he probado otro vino como el de esa boda. Su poder, no se puede describir en una biografía, no alcanzarían los libros que contaran todo lo que hizo.

Una noche estaba dormida, cuando tocaron desesperadamente, mi alma lo supo, algo estaba a punto de suceder.

Habían tomado prisionero a mi hijo, estuve pendiente de cada etapa, mis recuerdos no tienen sonido. Lo que yo escuché mientras lo golpeaban y arrancaban pedazos de su piel quedó bloqueado en mi mente. Y en medio de todo este caos, no hubo un momento en el cual mi hijo se olvidara de mí.

Y debo aclararlo, no lo mataron. Mi hijo entregó su vida. La entregó para salvarnos. Mientras lo veía en la cruz recordé la profecía que me dio Simeón cuando llevé a mi pequeño al templo a unos días de nacido, “Una espada atravesará tu propia alma”…Si me pidieran describir lo que sentí, fue exactamente eso, como si una espada me atravesara.

La buena noticia, es que la vida de mi hijo no terminó en una cruz, mi hijo que resucitó.

Pasaron los días, los meses, me costó algo de tiempo entender todo lo que pasó. Comprender que fui el instrumento que Dios uso, entender el papel que junto con mi esposo desempeñamos para él. Mi alegría despuntó. Pero hubo un dolor que me seguía atravesando…

Cuando gente sabía de quién había sido madre, venía y me adoraba, pedían milagros en mi nombre, querían que los tocara, ver a mi hijo sufrir fue momentáneo, pero ver a estas personas hundidas en su confusión me desbarataba.

Jamás me sentí digna de llevarlo en mi vientre, yo no lo pedí, no fue fácil, hubo noches sin dormir queriendo comprender lo incomprensible, hubo burlas a mis espaldas, hubo desplantes de personas cercanas a mí, lo que viví no fue sencillo, pero no fui yo la que hizo la obra redentora. Fue el privilegio más grande cargado de la responsabilidad más enorme. Recuerdo cuando nació los pastores no me adoraron a mi, lo adoraron a él, ¿por que habría yo de aceptar algo que es solo para el hijo de Dios? También murió por mí, también me dio acceso al Padre.

No me tocó entender lo que Dios me pidió que hiciera, me tocó obedecer su voz. No fui yo la que recibió los golpes, no fui quien entregó su vida en una cruz, ni la que derramó su sangre.

Con gran honor recibí el titulo de mamá de Jesús mientras vivió como ser humano, pero  yo solo soy una testigo de su amor y de su poder, que proclamara y dará veracidad por todo lugar que Jesús es el hijo de Dios, es real, estuvo en mi vientre, lo vi morir y resucitar. Lo vi sanar enfermos y levantar muertos, y si en un nombre hay poder es en el suyo, y si hay alguien digno de adorar SOLO ES EL.

―Mi alma glorifica al Señor,
y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,
porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.
¡Santo es su nombre!
De generación en generación
se extiende su misericordia a los que le temen. (Lucas 1:47-50)

4 comentarios sobre “La mujer dichosa

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