ENCUENTROS CON JESUS

La hija de Jairo

Parece irreal lo que me sucedió siendo una niña, en ocasiones olvidaba lo que me había pasado y quería comportarme igual a todas las jóvenes de mi edad, pero su voz y sus palabras seguían despertándome en la madrugada.

Crecí con un padre temeroso de Dios, correcto y en todo lo que el podía justo, siempre me pareció un hombre fuerte. Pero mi súper héroe perdió sus poderes al verme tendida en la cama. Recuerdo como se postraba y pedía por un milagro. En un principio no comprendía que su humillación se debía a mi enfermedad. Mi padre dejó de ser el roble cuando yo dejé de ser una niña sana.

Cuando eres niña, lo único que quieres es jugar, no importa comer, ni dormir, ni bañarse, la alegría de despertar y salir con mis amiguitos parecía mi batería.

Comencé a sentirme diferente, mis ojos me pesaban de una manera extraña, mis brazos y piernas no respondían como de costumbre, pero… era una niña, no tenía ni idea de lo que estaba por sucederme.

Fue entonces cuando mi mamá comenzó a darse cuenta de mi cansancio, de mi cambio de ánimo, incluso de color.

-Es un simple resfriado –decían algunos vecinos

Y con solo 12 años de edad, yo sabía que había algo más. Hubo días menos intensos que otros, pero en conclusión no le deseo a nadie lo que sentía.

Mi piel se comenzó a pegar a mis huesos, cada día me daba menos hambre, tenía más sueño, energía casi ni para abrir mis ojos. Y es en ese momento cuando tengo recuerdos borrosos de ver a mi padre tendido en el piso pidiendo ayuda a Dios.

Las cosas no mejoraban, escuchaba a lo lejos las risas de mis amigos jugando afuera, revuelto con el sonido del llanto de mi madre a un lado mío. Dicen que las malas noticias vuelan y al enterarse de lo que estaba padeciendo, mis familiares y amigos de mis padres comenzaron a llegar para dar “fuerza” y para estar presentes en mi funeral, pero no recuerdo más.

Hasta que escuché:

-Talita cumi

(que significa: Niña, a ti te digo, ¡levántate!)

Mi mano estaba sostenida por la de Él. En seguida me levanté y comencé a caminar, como si nunca nada hubiera pasado. Mandó que me dieran de comer. Recuerdo perfectamente esa comida, nunca me ha sabido igual, era tan exquisita, hacía tantísimo tiempo que no disfrutaba de comida que volver a saborear me devolvía alegría, esperanza, energía y completa sanidad.

Mi encuentro con Jesús me hizo que RECOBRARA LA VIDA. Para él nunca estuve muerta, solo dormida. Se burlaron de él, cosa contraria a lo que sucedió cuando me vieron salir del cuarto. Todos se maravillaron. Las burlas fueron aplastadas y no les quedó más que mostrar asombro.

Ante todo lo que vivimos como familia. La frase preferida de mi padre y la que me ha heredado sin duda es: no tengas miedo; cree nada más.

 Y entonces cuando quiero ser igual a las demás, recuerdo su voz y su toque, y de donde sea que me encuentre ¡me vuelvo a levantar!

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