Inspiracional·Reflexión

Dime tu necesidad

¿Cuál sería tu reacción si escucharas a la autoridad más poderosa preguntarte qué es lo que quieres? ¿Estarías listo para responder? ¿Sabrías con exactitud cuál es tu necesidad?

No sé como te va a ti con responder rápido a lo que te preguntan, pero al menos yo me trabo. Y algunas veces es por que no tengo la respuesta, pero más desesperante es cuando la tengo pero mis ideas están desordenadas o no me animo a responder.

Mateo 20:29-34, nos cuenta la historia de dos hombres ciegos que escucharon que Jesús venía directo a ellos. No lo podían ver, pero escucharon que pasaría cerca, no tuvieron un gramo de vergüenza y gritaron pidiéndole ayuda. La gente los callaba, estaban claramente incomodando a la sociedad. Ellos gritaron más fuerte, no permitieron que los callaran, quizá sería su única oportunidad de que Jesús los notara, así que harían todo para que Jesús los viera. Y en efecto…

Cuando Jesús los oyó, se detuvo y los llamó:

—¿Qué quieren que haga por ustedes?

 Te imaginas a Jesús diciéndote: ¿qué quieres que haga por ti?, lo haré más personal, “Jay ¿qué quieres que haga por ti”? (Hazlo con tu nombre)

¡Que padre sería que me preguntara eso! Solo de pensarlo ya me trabe quizá no sabría que responderle. Claro que me pondría nerviosa, es Jesús, es Dios, ¿quién soy yo para que me pregunte eso?

Pedimos incrédulos de que el Espíritu Santo nos responda. Digo Espíritu Santo porque ahora Jesús esta sentado a la diestra del Padre, pero nos dejó algo que nos conviene que fue  al Espíritu Santo. Estamos tan poco acostumbrados a relacionarnos con él, que nos parece imposible que se comunique con nosotros.

Punto importante, para que llegue la pregunta ¿qué quieres que haga? antes se necesita una petición “sin vergüenza”, es decir insistentes y sin pena, creyendo que Dios es más grande que nuestra necesidad y no mostrándole cuan grande es nuestro problema.

Nuestra sociedad se incómoda ante conductas cristianas. Intentan “callar” los principios que un corazón que sigue a Cristo tiene. Y por pena, se baja la voz. Eso priva de que la gloria de Dios y sus milagros empapen nuestro alrededor.

Pero hoy mi blog es para pedirte lo siguiente: seamos más como esos ciegos, que sin ver creyeron y cuando vino la pregunta estuvieron listos para responder claros, directos y sin pena…

—Señor —dijeron—, ¡queremos ver!

Lo increíble no es que el Espíritu Santo te pregunte ¿Qué quieres que haga por ti?, sino que ¡estemos listos para responder!

Si esta semana tienes que responder intenta ser ¡claro, directo y sin pena!

Y por cierto, los ciegos recibieron la vista.

 

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